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domingo, 11 de diciembre de 2011

Carlos Blanco: La (re) caída

diciembre 11, 2011 7:56 am
Publicado en: Opinión, Titulares


Dolores, mi confidente escarlata, me envía a uno de sus escoltas a
golpe de 6:00 a.m. El funcionario, corpachón, embutido en la chaqueta
que comprueba que es un policía disimulado, apenas se puede mover por
la protuberancia de pistolas, cacerinas, walkie-talkies y celulares,
que lo hacen parecer dentro de su chaqueta como víctima de
politraumatismos, con huesos que le salen por aquí y por allá. Me
conmina: "la doctora quiere verlo inmediatamente". No era invitación
sino una requisitoria.

Me dispuse a tomar mi automóvil pero observé que ya la puerta del 4×4
blindado tenía la puerta trasera abierta. Emprendimos camino hacia
Altamira. A poco de llegar a Sabas Nieves, vi aproximarse a Dolores
que bajaba de su ejercicio diario, escoltada por tres más, uno de los
cuales era un detective barrigón que largaba el bofe.

Dolores se veía a unos 60 metros, sudorosa; destapó su "cooler", lo
que en mi infancia entre Coche y Los Jardines de El Valle, llamábamos
un termo; se derramó agua en la cabeza y en los hombros descubiertos;
decenas de arroyos cristalinos descendieron de su mentón, cuello y
hombros, para converger en un riachuelo llamado a perderse en el
desfiladero de su torso, mientras que, como dice el poeta, "un par de
trémulos cocos me (iban) pidiendo pelea".

Abandono esos pensamientos cuando la camarada está a pocos centímetros
del automóvil y me pongo en "modo" ideológico, casi extático. Sin
dejar de observar ese color tostado claro, que sólo hurta una mujer
cuando recibe el sol bolivariano que arde en La Orchila.

-Los amigos de Hugo estamos muy angustiados, dice con su voz ronca y
fascinante. Está en denial, para decirlo en mi bad English. No asume
su situación y dice que está curado cuando en realidad esa creencia lo
agrava porque no reposa.

-¿No hay quien lo convenza?, inquiero.

-No. La hija le pidió a Raúl y a Fidel que lo persuadieran de irse a
La Habana a tumbarse y holgar, escribir y pintar; pero no acepta. Tan
severa es la situación que en la reunión de la Celac los presidentes
que vinieron salieron muy mal; uno de ellos, entristecido, comentó que
esa jornada parecía un funeral de Estado.

-¿… ?

-Es que no entiende; sus amigos y sus amores estamos desesperados.

-¿Y qué eres tú? ¿Amiga o amor?, pregunto.

-Era amor y me hice amiga, pero ahora vuelvo a ser amor, pero
sublimado, sólo le tomo su mano y allí lo siento. Hugo me duele…

CAMBIOS RADICALES. Llegamos a su casa. Abre la puerta; el sol de El
Ávila nos recibe desde el balcón que está al otro lado y el cuerpo de
Dolores, enfundado en licra verde esmeralda, se dibuja en un perímetro
de torsiones preciosas, como si fuera una pistola dorada a punto de
ser desenfundada.

Ordena el café al mayordomo, mientras solicita unos minutos para la
ducha, al cabo de la cual viene en sus jeans y su blusa, sin
intermediaciones con su piel, cabello húmedo, revuelto, y sus tres
teléfonos al cinto, como pidiendo batalla. Sugiero que hablemos pues
tengo poco tiempo.

-¿Qué te perturba?, digo.

-Ustedes deben saber que la situación de los cuarteles no es ni sombra
de la que era. Ya los oficiales hablan con soltura. Aunque siguen los
papelitos y las pintas, la mayoría habla sin aspavientos y con
claridad.

-¿Y cuál es el tono?

-El conflicto fundamental es contra los cubanos; pero no porque todos
sean igualmente inaguantables sino porque se han convertido en el
símbolo de aquello de lo cual hay que salir en las instalaciones
militares.

-Pero eso ya lo sabía.

Dolores, la bella, entiende que es una provocación lo que afirmo. Allí
me suelta las confidencias. Me explica que hay distancia creciente
entre Hugo y los acusados internacionalmente de vinculaciones con el
terrorismo y el narcotráfico. Difícilmente se convertirá Henry Rangel
Silva en ministro de la Defensa. A los hermanos Alcalá Cordones
también les puso distancia. Y al Comandante del Ejército.

-Hugo no los acusa, pero quiere desintoxicar su entorno. En este viaje
hacia el final de su Gobierno, de su salud o de su sueño, no quiere la
imagen de protector de oficiales cuestionados

-Basta que los separe o enjuicie, le apunto.

-Además -prosigue- Hugo y los cubanos decidieron no aceptar la
preeminencia militar por sobre la conducción civil. Estos oficiales
han maltratado a los civiles y hay que establecer un claro liderazgo
de Hugo, con Nicolás y los que vienen después; así es que la boconería
de los generales se quedó flotando en la bruma.

-Yo suponía que esos generales eran mandados por Chávez, deslizo.

-Eran, pero ya no. Los envió al barranco pero no está dispuesto a
tenderles la mano para sacarlos. Hace poco un alto oficial se negó a
cumplir una orden de El Aissami para apoyar a los cubanos; este
militar rugió ante el Ministro: "yo no soy antipatriota". En forma
inmediata, el Ministro habló con el Jefe, quien ordenó al titular de
la Defensa que lo eliminara de la lista de ascensos…

LOS CAMBIOS. Dolores está inquieta. Sabe que divulgo estas
revelaciones y ella goza de sus travesuras, pero sostiene que es clave
que tanto el sector civil y democrático del chavismo, inclusive una
parte del no tan democrático, pero civil, como la oposición, se
preparen para una transición pedregosa. Hay quienes piensan en la
locura de una enmienda constitucional para evitar una elección en el
caso de la desaparición del Presidente dentro de los cuatro primeros
años del período constitucional. No sabemos cómo nombrar a la hija en
la Vicepresidencia sin que se tome como confesión postrera, terminal.

-Cómo será la cosa que hasta los chinos se han puesto reclamones e
imperialistas: de las 23 comisiones que se iban a reunir entre China y
Venezuela, sólo lo hicieron cuatro; de la veintena de viceministros
chinos sólo llegó uno. Quieren supervisar la operación del Fondo Chino
y Hugo se niega…

Se ve que están mal, pero sobre todo, del alma. "Aunque Hugo a fuerza
de indomable voluntad sobreviva un tiempo a la maldición que le brotó,
ya nada será igual. Ya no tenemos fuerza; estamos exhaustos". Me mira
con ojos tristes y me dice: "esto se acabó; hasta aquí nos trajo el
río…aunque sigamos, ya no somos los mismos; somos los administradores
de nuestro fin como utopía, no fuimos capaces de construir lo que
imaginamos. Nos montamos a caballo en el siglo XIX y no hemos podido
bajarnos en el siglo XXI".

Su mirada se disuelve lenta y anegada en furtiva lágrima. Ve a lo
lejos la ciudad, pero en realidad mira más allá y sólo alcanza a verse
a sí misma, 15 años atrás, cuando la revolución todavía no era saqueo,
prisiones, arrogancia y odio. Era, entonces, una promesa de purga para
una sociedad borracha. No sabía que su remedio provocaría un cáncer
que demanda cirugía mayor.

www.tiempodepalabra.com

Twitter @carlosblancog

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