Con indiferente simpatía recibimos el anuncio de la Cumbre de Estados
Latinoamericanos y Caribeños a celebrarse en Caracas con motivo de los
200 años de la Independencia el pasado 5 de julio. Fue suspendida por
la enfermedad cancerosa del señor Chávez, incapacitado para ejercer
como protagonista. Ni siquiera pudo asistir a los actos formales,
civiles y militares de la fecha.
Ahora se concretó la jornada, pero con motivos radicalmente distintos
a la primera convocatoria. Se montó un espectáculo multigubernamental
que no vacilo en calificar de farsa al margen de la voluntad general
de los pueblos que esos gobiernos deberían representar y respetar. Lo
que vimos no fue una jornada de reflexión de los pueblos, ni siquiera
de los estados nacionales. Se trató de un nuevo e inconcluso
movimiento para perfeccionar una suerte de club de los gobernantes
para protegerse entre sí, disimular diferencias evidentes y en un
ejercicio hipócrita, con pocos precedentes, para evadir o desconocer
los mecanismos continentales existentes en defensa de la democracia y
la vigencia de los valores humanos. Basta con mencionar a la
Organización de Estados Americanos, OEA, la Carta Democrática
Interamericana de 1991, y la utilidad para los demócratas tanto de la
Comisión Interamericana como de la Corte respectiva en materia de
Derechos Humanos.
Todos conocemos las diferencias entre los Presidentes, los intereses
contrapuestos imposibles de disimular. Entre ellos hay de todo.
Honestos, eficientes y defensores de la libertad. También socialistas
comunistoides a la cubana y a lo Chávez. Y abundan los zánganos
oportunistas, petrochulos y ladronzuelos de distintos pelajes. Sin
embargo todos quieren blindarse en el ejercicio del poder. La
Declaración o Cláusula Democrática se refiere a la defensa de la
democracia y el orden constitucional, pero no he leído nada referido a
garantizar el pluralismo, la alternabilidad en el poder, elecciones
libres y transparentes. Tampoco condenas a los excesos de no pocos
gobiernos, como el abuso de poder y la corrupción infinita que
trasciende las fronteras de cada nación. Este "club de gobiernos" los
protege frente a golpes de estado y violaciones constitucionales. La
pregunta es ¿quién protege a las naciones, de los golpes encabezados
por presidentes ideologizados o no, en sus pretensiones de perpetuarse
indefinidamente? Para ello violan sus propias Constituciones y
concentran arbitrariamente el poder para asfixiar toda disidencia. Los
pueblos, como las personas naturales, también tienen derecho a la
legítima defensa.
Desconocer la importancia de Estados Unidos y Canadá en el Continente
es una necedad insólita. Pero la presencia de todos en Caracas, es una
prueba más de la debilidad ética y moral de demócratas que terminan
avalando la tiranía castro-chavista, a un régimen militarista y
totalitario, socialista a la cubana que liquida libertad y propiedad,
pluralismo y alternabilidad.
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