La nave en la que viajo se aproxima a la Isla de Los Ochenta. Ya es
posible adivinar su contorno entre la bruma. La bordea un arrecife
hecho con prótesis dentales. En su extremo este se divisan las
fumarolas Malaliento, las cuales recuerdan a la refinería de El Palito
por sus aires cargados de aromáticos. Aunque sus maderas crujen y se
bambolea más que Julio Iglesias
(http://www.youtube.com/watch?v=QXYzLdeUmjU ), el barco navega con el
vigor de un caballo viejo rumbo al muelle de la Osteoartritis, situado
en la ensenada de la Hipertensión. Hacemos girar el timón con cautela,
para no despertar las protestas de nuestro manguito rotador derecho.
Navegar a través del inmenso archipiélago de la vida ha sido grato y
maravilloso. No tengo ninguna prisa por llegar a Itaca y así me lo
aconseja el poeta Kavafis: "No apresures el viaje. Mejor que dure
muchos años", me recomienda.
Y así ha sido. Puedo decir, de nuevo siguiendo a Kavafis, que "con
placer, con alegría, he arribado a puertos nunca vistos. Me he
detenido en los mercados y he comprado los más finos perfumes". En ese
sentido no me es posible pedir más. Además, ha sido la clave de mi
felicidad que nunca he deseado lo imposible.
Hace ya algunos años que navego por el Mar de los Setenta. He tenido
la suerte de encontrarlo un mar tranquilo y he sido impulsado por una
suave y persistente brisa. La travesía ha sido sorprendente por lo
fructífera y amable. No solo el paisaje ha sido hermoso sino que los
vientos de estas latitudes me han ayudado a pensar con más claridad
(o, al menos, así lo creo). Ahora comprendo mejor a los demás, poseo
más empatía, aprecio más los pequeños detalles, hasta me han llegado a
gustar los niños y los perros, quienes podrán no hablar pero se fijan
mucho.
El barco transporta pasajeros con quienes he desarrollado una manera
directa y sencilla de relación. Cuando no quiero hablar guardo
silencio. Cuando no estoy de acuerdo así lo digo, sin rudezas
innecesarias. He dicho adiós a las posturas y las reemplazo con la
actitud. En este Mar de los Setenta he entrado en contacto con
viajeros serendipiticos, quienes me han ayudado de una manera generosa
en mi viaje pués saben que no tengo nada material que ofrecer a
cambio. Han sido, pués, amigos en la mejor acepción del término.
A veces, ya no con tanta frecuencia, recuerdo mis viajes por las
imponentes cordilleras de los Veinte, por las montañas exóticas de los
Treinta, por las colinas de los Cincuenta y por ese suave declive
hacia el mar de Jorge Manrique que fueron los Sesenta. En cada región
disfruté de encantos y de satisfacciones. Pero me contenta haberme
despojado ya de los temores y angustias que sufrí ocasionalmente en
aquellas regiones. Eran temores a decepcionar, a fracasar, a ver mi
viaje trunco. Como decía Mark Twain, pasé años preocupándome de cosas
que nunca sucedieron. En retrospectiva, aún lo malo que me sucedió
tuvo giros benignos que luego serían beneficiosos para mi travesía.
Así como los temores ya no existen, la nostalgia tampoco. Veo hacia
adelante, aunque me encuentro con alguna frecuencia con mis padres,
hermana y amigos idos, en el mundo paralelo de los sueños.
Veo hacia adelante y veo un cielo azul. Creo en lo que decía Robert
Browning y cantó Frank Sinatra mucho después: "The best is yet to
come"…. Lo mejor está aun por venir.
Y que es lo mejor? Aunque ya no podrá ser un viaje a las estrellas o
ver nuestro planeta Tierra libre de déspotas y de miseria, es hermoso
sentarme con mi compañera de toda la vida, con un vaso lleno de Corton
Charlomagne, preferiblemente de la Casa de Jules Regnier, a admirar la
puesta del sol.
El viaje es hermoso. En el mar flotan trozos de maderas finas, flores
de diversos colores y algunas pastillas de diuréticos que anuncian la
cercanía de la Isla.
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