El otro día, Jon Aizpúrua, quien en su programa radial Valores del Espíritu instruye a sus oyentes sobre las obras maestras de la literatura universal, impulsado, sin duda, por la sofocante atmósfera de adulancia hoy condensada en torno a Chávez, hecha la que pudiera ser considerada como una excepción en su ámbito de escogencia, eligió comentar el Elogio de la adulancia del finado político merideño Edecio La Riva Araujo.
En este libro de 1980, a Edecio, hombre de ingenio y grata conversación, le dio por evocar los caminos que en la política venezolana de los siglos XIX y XX había transitado esa faceta de la conducta humana que el Diccionario de la Real Academia Española define como "hacer o decir con estudio, y por lo común inmoderadamente, lo que se cree puede agradar a otro".
¡Lástima que Dios, el azar o el destino –como decía el filósofo J. D. García Bacca- no le permitieran a Edecio haber vivido hasta 2012, año destinado, al parecer, a marcar en nuestro país una suerte de non plus ultra en una materia, la de la expresión servil, a la cual, con pocos días de intervalo, han dado históricos aportes, en lo interno, ciertos jefes militares, y desde afuera hacia adentro, el señor Fidel Castro!
Tomemos el caso del último. Este tirano en retiro, que, en ocasión del 4 de febrero de 1992 había escrito una carta adulatoria al Presidente Carlos Andrés Pérez y denigrativa para con los golpistas de entonces, publicó el 26 de enero pasado un artículo de título ya inequívocamente demostrativo de zalamería: La genialidad de Chávez, en el cual Castro, a propósito de la reciente confrontación política acaecida en la Asamblea Nacional entre la diputada María Corina Machado y el Presidente Chávez, al tiempo que cantaba fervorosas alabanzas al gobernante que consigna diariamente más de cien mil barriles de petróleo gratuito a la isla despotizada antes por él, y ahora, por su hermano Raúl, arremetió contra Rómulo Betancourt, Carlos Andrés Pérez y la Machado.
Es muy probable que Castro no hubiera mostrado tanta audacia de estar vivo Betancourt, por miedo una réplica contundente del gran estadista venezolano: si hubo en el siglo pasado un venezolano con maestría reconocida en la polémica política, ese hombre se llamó Betancourt.
La ausencia de entre los vivos de Rómulo no libró, sin embargo, a Fidel Castro de que en él se cumpliera aquello de "ir por lana y salir trasquilado". De hacer verdad dicho refrán se encargó María Corina Machado, por la vía de una carta al propio Castro que entrañó una paliza verbal, bien merecida por entremetido. Los Castro debieran castigar a sus servicios de inteligencia porque los mismos, a pesar de su ilimitado despliegue en Venezuela, no les previnieron acerca del coraje de esta venezolana hecha de corazón de vera, y a la que están, al parecer, destinados a enfrentar ambos déspotas.
En 1885, ciertos jóvenes universitarios caraqueños, a la búsqueda de un modo público de burlarse de un dictador engreído y amigo de la lisonja, Antonio Guzmán Blanco, inventaron un homenaje bufo a un poeta ramplón, Francisco Delpino y Lamas, autor de lo que él mismo denominaba versos estrambotes. Sucedió el 14 de marzo, día de Santa Florentina, toda Caracas rió, consciente de lo que había por debajo del gesto: poner en la picota del escarnio al autócrata en el poder y quedó para la historia como La Delpinada.
El despropósito de Fidel Castro y su desafortunada desembocadura nos ha hecho recordar dicho evento y, todavía más, la letra de uno de los estrambotes de Delpino. Es aquel que dice, con lenguaje en cierto modo surrealista antes del surrealismo:
Pájaro que vas volando /
Sentado en tu rama verde:
Llegó un cazador, matóte:
¡Más te valiera estar duerme!
¿Volver a meterse Castro con María Corina, después de lo sucedido? ¡Más le valiera estar duerme, como el pájaro de Delpino y Lamas!
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