Fábulas de carne y huesos »
Desde que vino al mundo fue obesa. Obesa y tragona como nadie. En su niñez y su adolescencia comer era su única actividad. En su madurez agregó la de leer. Dormir, comer y leer se convirtieron en las tres patas de su pesada mesa. Nunca en su vida bailó ni conoció la vida al aire libre. No se casó ni conoció el sexo en ninguna de sus manifestaciones, Ni siquiera veía televisión ni oía radio ni se apartaba de su dormitorio, en donde se encerró al cumplir los treinta años para no salir nunca más. Ni siquiera iba al baño. La familia contrató a una pareja asiática, él fortachón y ella amable, para que le pusieran un "pato" en el que hacía sus necesidades y trataran de mantenerla más o menos aseada. El hedor del dormitorio llegó a ser insoportable, pero la pareja asiática, además de usa tapabocas, estaba acostumbrada. El problema grave surgió cuando un automóvil imprudente atropelló al asiático en su día de salida y lo apartó para siempre del mundo de los vivos. La asiática no podía con su tarea y no consiguieron a nadie que sustituyera al difunto. Y al tercer mes el hedor se hizo insoportable, las escaras se le infectaron y no pudieron sacarla de la habitación para llevarla a un hospital. En siete días murió, y al octavo descansó para siempre. La tarea de sacarla de la habitación para enterrarla fue de titanes. Los bomberos debieron demoler la pared que daba a la calle y sacarla con una grúa, montarla a un pesado camión de carga y llevarla al camposanto repartiendo por las calles su fetidez. Le enterraron en cuatro parcelas del nuevo cementerio, sin ataúd. La cubrieron de cal y de tierra. Sigue descansando en paz.
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