No podría decir que Henrique Capriles Radonski es exactamente mi amigo, pero lo conozco desde que él era candidato a la Alcaldía de Baruta por primera vez y yo era reportera de El Universal. Yo acababa de llegar de Porto Alegre, en ese momento gobernado por el partido de los trabajadores, y venía de publicar [...]
No podría decir que Henrique Capriles Radonski es exactamente
mi amigo, pero lo conozco desde que él era candidato a la Alcaldía de Baruta por primera vez y
yo era reportera de El Universal.
Yo acababa de llegar de Porto Alegre, en ese momento gobernado por el partido de los trabajadores,
y venía de publicar una página sobre presupuesto participativo y sobre cómo el Estado negociaba
con los privados para beneficio colectivo. Sobre incentivos para mantener los inmuebles declarados
patrimonio histórico y cultural, cómo el Gobierno, para impedir que se densificaran las zonas de
interés cultural y se intervinieran los inmuebles para construir centros comerciales, etc, etc,
compensaba a los propietarios con terrenos en otras zonas y a su vez estos empresarios se
comprometían a construir servicios en el entorno. Eso que se llama urbanizar, pues.
El caso es que me invitaron a un programa de televisión a propósito de este reportaje, al que estaban
invitados los candidatos más jóvenes a alcaldes: Ocariz, Capriles, Ojeda y López.
Al día siguiente Henrique Capriles, en su gira de medios, pasó por El Universal y lo entrevisté. Creo
que el flaco tenía 28 y yo unos cuantos más. Yo estaba muy conmovida porque tuve la sensación de
que me encontraba frente a una especie de milagro, en un país hambriento de sosiego, de sensatez,
de gente que, sin sensiblerías, hablara con la mano en el corazón. Y este, que para colmo era guapo,
tenía un brillo en la mirada. Desde ese momento me "enamoré".
Terminó la entrevista, los acompañé hasta la puerta, a él y a su jefe de prensa, William Echeverría, y
acto seguido bajé a almorzar a Subway, en plena Av. Urdaneta, y Oh, sorpresa, allí estaba Henrique
almorzando modestamente un sándwich. Como era lógico, compartimos la mesa, me habló de su tío
Fernando Chumaceiro en Maracaibo, hablamos de mi primo Pablo, y yo secretamente pensaba que si
este tipo no estaba en una tasca de la Candelaria campaneando un güisqui, ya merecía mi respeto.
Después, bueno, era lógico que coincidiésemos, yo era periodista de la sección Caracas y él era mi
fuente. Había, creo, una especie de encantamiento mutuo, de respeto, él apreciaba mi escritura, mi
lenguaje, mi modo un tanto particular de acercarme a los hechos, y yo estaba totalmente postrada
por los hechos.
No hablaba bien. Henrique, de hecho, hablaba muy mal, pero era sincero, los hechos hablaban por él,
y ya sabemos que "hechos son palabras". Entonces su equipo de prensa comenzó a ofrecerme los
lomitos. Sabían que yo no le temía al trabajo, que adoraba las pautas nocturnas, que no me importaba
ir a los lugares más lejanos si obtendría a cambio una buena historia. Lo mío era la crónica, el simple
juego de relatar lo que veía, y seguramente el oficio me hizo aprender a ver lo que otros no ven.
Debe ser por eso que cuando la Alcaldía puso un nuevo sistema de alumbrado público Henrique me
invitó a dar unas vueltas en su moto para que escribiera sobre eso. Cualquiera pensaría que es un tema
tonto, pero si uno quiere una ciudad segura, lo primero que debe hacer es alumbrarla. Cuando en la Edad
Media comenzaron a colgar faroles en las calles, la noche se prolongó, la gente se volvió un poco más
feliz. Y el gobierno de Henrique logró hacer eso a través de un convenio con la empresa privada. Y lo vi,
en ese recorrido por Baruta, sacar un grabador digital para tomar nota de las luces averiadas. Esa es su
costumbre desde siempre, después lo supe. Anda tomando nota de todo lo que no funciona para
reportarlo personalmente.
Años después le echaba a mi amigo Francisco el cuento de la moto y él, con ese desparpajo que o
caracteriza me preguntó: "¿Y no le recostaste las tetas?". Fue entonces cuando caí en cuenta de que
debí hacerlo, porque eso es lo más cerca que he estado, físicamente, del flaco.
Mantuvimos siempre un hilo de comunicación abierto y expedito, igual que con Leopoldo, debo reconocer.
Esa era tal vez una carcaterística de esta nueva dirigencia política. Podía uno llamarlos a cualquier hora y,
si no contestaban en lo inmediato, estaban siempre prestos a devolver la llamada. No sé Leopoldo, pero
Henrique siguió siendo así.
Henrique era un tipo que no buscaba protagonismo, que tenía un equipo en el que confiaba, y hablaba
siempre en nombre de ese equipo. Los vi, a él y a su equipo, presentar proyectos en Conavi en el programa
de Habilitación Física y Social de Barrios en el marco de la Ley Política Habitacional, cuando estaba
Josefina Baldó en la presidencia, y vi luego cómo después de haber sido aprobados, luego de que a ella
la destituyeran del cargo, le retiraran el apoyo.
Cada vez más el gobierno central de desdibujaba ante nuestros ojos, en tanto dejaba colgados a barrios
enteros que dependían de ese financiamiento para salir de la pobreza, de la marginalidad urbana y social.
Visité montones de barrios con ellos, con Henrique y Adriana D'Elia, su gerente de planificación urbana
para ese momento, y en las lluvias que arrasaron con cerros de Baruta, poco después del deslave, vi a
Henrique pasar dos días seguidos en Ojo de Agua con su impermeable amarillo.
Ufffffff. Vaya que era guapo, con su barba de dos días y bajo la lluvia.
EL HELICOIDE
Con sus palabras torpes pero sinceras, Henrique ocupó un lugar especial siempre en mi corazón.
En 2002 vino la acusación de que había violentado la embajada de Cuba. Y, honestamente, no me
interesa si fue cierto o no (por alguna razón siempre ha salido bien librado de ese asunto) pero no veo
a Henrique, un tipo tan respetuoso de la ley, metiéndose en un rollo innecesario como ese.
Entonces vino el Helicoide. Un día me dice William Niño: "Maru, ¿no has ido a ver a Henrique?". A mí,
que siempre he sido tan respetuosa de los espacios de la gente, no se me había ocurrido. Entonces
me armé de valor y me "apersoné" en esos días en los que desde el barrio lanzaban piedras a las
visitas de Henrique.
Allí estaba su novia, Érika, una niña tan linda como un ángel, enamorada, fiel, haciendo la misma cola
bajo el mismo sol.
Nos hicieron pasar a todos, más o menos de 8 en 8, hasta una pequeña salita contigua a la celda, una
celda sin ventanas. Y él estaba allí, tan hermoso, con su espíritu inquebrantable. Uno llegaba allí con el
ánimo por el suelo, haciendo de tripas corazón y tratando de mostrar su mejor cara, pero Henrique nos
daba una lección de aplomo.
La verdad, yo no quería irme, esa energía que había en la pequeña sala de El Helicoide era, a pesar de
la circunstancia, hermosa, pero había gente afuera esperando para entrar y había que ser gentil. Salí de
allí con el corazón arrugadito, en ese momento sin saber si volvería a verlo, porque ustedes y yo sabemos
que en esos lugares cualquier cosa puede pasar. Pero él era una inspiración de coraje, él sabía, tal vez por
esa fe en Dios que jamás lo ha traicionado, que le esperaban mejores momentos. Esa convicción de "quien
no la debe no la teme" lo acompaña siempre.
Yo creo muy profundamente que es cierto eso de que Dios protege al inocente. Lo he sentido en mi vida
personal. Me he salvado de muchas cosas gracias a mi ingenuidad, y el flaco pertenece a la estirpe de
personas que tienen el alma blanca y un espíritu férreo. Una fuerza de voluntad impresionante. No es ciego,
ni es tonto (es político), pero es puro, limpio.
Pero esos meses privado de libertad lo engrandecieron, lo hicieron más sabio, más ecuánime y más
introspectivo. Más maduro. Probablemente los efectos no los vimos inmediatamente, pero los vimos.
DE ALCALDE A GOBERNADOR
Estaba yo hecha pedazos, trabajando en una corporación de unos mafiosos chavistas que habían hecho
dinero con negocios sucios con el gobierno. Llegué allí sin saber, para trabajar en una Fundación. Pero
al cabo de unos meses me di cuenta de que esa Fundación se utilizaba para hacer pasar gastos como
donaciones.
A eso se unía mi desazón frente al país, me había convertido yo en una nihilista que solo alimentaba mi
resentimiento contra el régimen, hasta que una mañana abrí los ojos y le escribí a Adriana D'Elia para
pedirle trabajo.
Una semana después estaba ingresando al equipo de Miranda con una alta responsabilidad. Llegué con
un hueco en el estómago, llena de ira, atormentada por el abuso de poder, la autocracia y la brutalidad del
Gobierno Nacional. Sin futuro, sin perspectivas, hasta que comencé a ver con mis propios ojos lo que
estaba pasando allí adentro, en Miranda.
Me encontré con un gobierno que impulsó la primera Ley Transparencia para garantizar el libre acceso a
la información y los procesos administrativos a la ciudadanía. Me encontré con una gestión de inclusión,
en la que el respeto a las ideas y militancias individuales no era un simple discurso. Me encontré con una
gestión que hace una verdadera inversión social, no como una limosna ni como chantaje político, sino
orientada a sacar a la gente de la pobreza. Me encontré con un equipo brillante, con ideas novedosas, que
sabe gerenciar ante la adversidad. Me encontré con una fuerza y una vocación de futuro. ¿Nos quitan los
ambulatorios? Se los entregamos a los Consejos Comunales y creamos nuestra propia red. Para eso
sabemos liderar. Y así vamos construyendo donde los otros destruyen. Pero vamos construyendo con la
mirada puesta en el horizonte. No como estrategia para ganar las presidenciales sino porque realmente
sabemos que ese es camino. Lo demás sería una consecuencia lógica.
Me encontré con una gente incorruptible. Me encontré con un hombre cuya fuerza no está en la violencia
sino en la templanza. Me encontré con un Henrique adulto, sabio, y con una gestión impecable.
Entonces dejé de ver negro y me convertí en un ser feliz y lleno de esperanza. Recuperé mi confianza en
el país, supe que allí había un proyecto, al menos un cimiento, que el proyecto vendría después, pero que
sería el definitivo, el que nos sacaría de este foso que nos habíamos ganado a pulso como país, como
sociedad de insensibles e insensatos, de indolentes ante el sufrimiento ajeno.
Hoy puedo decir sin ningún temor a equivocarme o a sonar como cualquier fanática, que Henrique no es
el candidato de la Unidad. Henrique es el hombre que ha inspirado a la Unidad, porque su discurso
trasciende a eso que se llama Oposición.
¿Cuántas veces no fue mal visto su discurso porque no era antichavista? ¿Cuántas veces no se le tildó
"guabinoso"? Es que nadie entendía entonces que no te puedes ganar a la gente si la insultas, si te ríes
de sus ideas, si te burlas de sus creencias, y la verdad es que más de medio país creía en Chávez. No
puedes clamar por la democracia ni no aceptas sus reglas por completo.
En Miranda jamás hemos visto, bajo el gobierno de Henrique, negar un crédito a alguien porque pertenezca
a determinado partido, ni a ninguna comunidad. En las entregas de certificados de construcción van las
personas con sus franelas rojas a recibir su aporte, pero las elección es transparente. Hay un baremo.
En Miranda no se pierde dinero ni se malgasta.
Tuve que dejar mi cargo en Miranda por problemas personales, pero allí estoy, le sigo la pista todos los
días. Hace ya 12 años que conozco a Henrique Capriles Radonski y a Adriana D'Elia, su mano derecha,
la dama de hierro de Miranda, sobre cuyos hombros recae la gestión. A Adriana D'Elia la he visto pagar
de su bolsillo a sus asesores personales. La vi vender su casa en La Trinidad, comprarse un apartamento
de dos habitaciones y el carro más barato del mercado.
El día de las elecciones primarias le escribí a Adriana bien temprano, en la mañana, le dije que estábamos
ante un día histórico, y ella me dijo: "hoy comienza una nueva manera de hacer política en este país". Y
esa es la verdad. Una política que respeta a los partidos, pero no son los partidos los que gobiernan de
acuerdo a sus intereses. Una política anticlientelar. Una política limpia, justa, ética, con reglas claras.
Henrique ha devenido más sabio con el tiempo, y ha aprendido a expresarse en cámara con la misma
soltura y cercanía que lo hizo siempre en vivo, frente a la gente. Su rueda de prensa un día después de
ganar las primarias, dejó sin argumentos a más de uno.
Probablemente él no lo sepa, pero es una de las personas más importantes en mi vida. A Henrique jamás
lo he escuchado levantar la voz ni hablar mal de nadie, ni decir malas palabras, ni juzgar a nadie. Jamás
lo vi perder la compostura. No es un tipo cariñoso, es más bien un poco parco, austero en la expresión
de sus emociones, pero todo lo que dice, al menos 90% de lo que dice, seguro es verdad.
TA SENCILLO COMO ÉL
Henrique es un tipo totalmente desapegado a las cosas materiales. No se le ve de galán por allí mostrando
rolex ni mont banc, ni trajes armani, de hecho el fashion no es su fuerte. Como únicos accesorios lleva un
escapulario de la Virgen del Valle colgado del cuello unas cabullitas en la muñeca. Y, como se la pasa por
esos barrios subiendo escaleras, sus zapatos son guerreros. Una chemise y un jean, y a veces sudadera
suelen ser su atuendo único. Eso, y una sonrisa plena. Nunca tiene prisa, se toma el tiempo necesario
para todo.
Henrique es tan auténtico que cuando juega basket en sus recorridos por los barrios, se molesta si pierde.
Dicen que el poder corrompe. No es lo mismo administrar un estado que un país. Yo todos los días le pido
a Dios que Henrique no cambie nunca, al menos no para mal, porque este país se merece finalmente a
alguien como él. Creo que ya pagamos por nuestros pecados.
¡Ah! Y por si alguien alberga alguna duda, aunque me parece sinceramente irrelevante, le encantan las
mujeres.
Maruja Dagnino | @CodigoVenezuela No podría decir que Henrique Capriles Radonski es exactamente
mi amigo, pero lo conozco desde que él era candidato a la Alcaldía de Baruta por primera vez y yo era
reportera de El Universal.
Yo acababa de llegar de Porto Alegre, en ese momento gobernado por el partido de los trabajadores, y
venía de publicar una página sobre presupuesto participativo y sobre cómo el Estado negociaba con los
privados para beneficio colectivo. Sobre incentivos para mantener los inmuebles declarados patrimonio
histórico y cultural, cómo el Gobierno, para impedir que se densificaran las zonas de interés cultural y
se intervinieran los inmuebles para construir centros comerciales, etc, etc, compensaba a los propietarios
con terrenos en otras zonas y a su vez estos empresarios se comprometían a construir servicios en el
entorno. Eso que se llama urbanizar, pues.
El caso es que me invitaron a un programa de televisión a propósito de este reportaje, al que estaban
invitados los candidatos más jóvenes a alcaldes: Ocariz, Capriles, Ojeda y López.
Al día siguiente Henrique Capriles, en su gira de medios, pasó por El Universal y lo entrevisté. Creo que
el flaco tenía 28 y yo unos cuantos más. Yo estaba muy conmovida porque tuve la sensación de que me
encontraba frente a una especie de milagro, en un país hambriento de sosiego, de sensatez, de gente
que, sin sensiblerías, hablara con la mano en el corazón. Y este, que para colmo era guapo, tenía un brillo
en la mirada. Desde ese momento me "enamoré".
Terminó la entrevista, los acompañé hasta la puerta, a él y a su jefe de prensa, William Echeverría, y acto
seguido bajé a almorzar a Subway, en plena Av. Urdaneta, y Oh, sorpresa, allí estaba Henrique almorzando
modestamente un sándwich. Como era lógico, compartimos la mesa, me habló de su tío Fernando
Chumaceiro en Maracaibo, hablamos de mi primo Pablo, y yo secretamente pensaba que si este tipo no
estaba en una tasca de la Candelaria campaneando un güisqui, ya merecía mi respeto.
Después, bueno, era lógico que coincidiésemos, yo era periodista de la sección Caracas y él era mi fuente.
Había, creo, una especie de encantamiento mutuo, de respeto, él apreciaba mi escritura, mi lenguaje, mi
modo un tanto particular de acercarme a los hechos, y yo estaba totalmente postrada por los hechos.
No hablaba bien. Henrique, de hecho, hablaba muy mal, pero era sincero, los hechos hablaban por él, y ya
sabemos que "hechos son palabras". Entonces su equipo de prensa comenzó a ofrecerme los lomitos.
Sabían que yo no le temía al trabajo, que adoraba las pautas nocturnas, que no me importaba ir a los lugares
más lejanos si obtendría a cambio una buena historia. Lo mío era la crónica, el simple juego de relatar lo que
veía, y seguramente el oficio me hizo aprender a ver lo que otros no ven.
Debe ser por eso que cuando la Alcaldía puso un nuevo sistema de alumbrado público Henrique me invitó a
dar unas vueltas en su moto para que escribiera sobre eso. Cualquiera pensaría que es un tema tonto, pero
si uno quiere una ciudad segura, lo primero que debe hacer es alumbrarla. Cuando en la Edad Media
comenzaron a colgar faroles en las calles, la noche se prolongó, la gente se volvió un poco más feliz. Y el
gobierno de Henrique logró hacer eso a través de un convenio con la empresa privada. Y lo vi, en ese recorrido
por Baruta, sacar un grabador digital para tomar nota de las luces averiadas. Esa es su costumbre desde
siempre, después lo supe. Anda tomando nota de todo lo que no funciona para reportarlo personalmente.
Años después le echaba a mi amigo Francisco el cuento de la moto y él, con ese desparpajo que o caracteriza
me preguntó: "¿Y no le recostaste las tetas?". Fue entonces cuando caí en cuenta de que debí hacerlo, porque
eso es lo más cerca que he estado, físicamente, del flaco.
Mantuvimos siempre un hilo de comunicación abierto y expedito, igual que con Leopoldo, debo reconocer.
Esa era tal vez una carcaterística de esta nueva dirigencia política. Podía uno llamarlos a cualquier hora y,
si no contestaban en lo inmediato, estaban siempre prestos a devolver la llamada. No sé Leopoldo, pero
Henrique siguió siendo así.
Henrique era un tipo que no buscaba protagonismo, que tenía un equipo en el que confiaba, y hablaba
siempre en nombre de ese equipo. Los vi, a él y a su equipo, presentar proyectos en Conavi en el programa
de Habilitación Física y Social de Barrios en el marco de la Ley Política Habitacional, cuando estaba
Josefina Baldó en la presidencia, y vi luego cómo después de haber sido aprobados, luego de que a
ella la destituyeran del cargo, le retiraran el apoyo.
Cada vez más el gobierno central de desdibujaba ante nuestros ojos, en tanto dejaba colgados a barrios
enteros que dependían de ese financiamiento para salir de la pobreza, de la marginalidad urbana y social.
Visité montones de barrios con ellos, con Henrique y Adriana D'Elia, su gerente de planificación urbana
para ese momento, y en las lluvias que arrasaron con cerros de Baruta, poco después del deslave, vi a
Henrique pasar dos días seguidos en Ojo de Agua con su impermeable amarillo.
Ufffffff. Vaya que era guapo, con su barba de dos días y bajo la lluvia.
EL HELICOIDE
Con sus palabras torpes pero sinceras, Henrique ocupó un lugar especial siempre en mi corazón.
En 2002 vino la acusación de que había violentado la embajada de Cuba. Y, honestamente, no me interesa
si fue cierto o no (por alguna razón siempre ha salido bien librado de ese asunto) pero no veo a Henrique,
un tipo tan respetuoso de la ley, metiéndose en un rollo innecesario como ese.
Entonces vino el Helicoide. Un día me dice William Niño: "Maru, ¿no has ido a ver a Henrique?". A mí, que
siempre he sido tan respetuosa de los espacios de la gente, no se me había ocurrido. Entonces me armé
de valor y me "apersoné" en esos días en los que desde el barrio lanzaban piedras a las visitas de Henrique.
Allí estaba su novia, Érika, una niña tan linda como un ángel, enamorada, fiel, haciendo la misma cola bajo
el mismo sol.
Nos hicieron pasar a todos, más o menos de 8 en 8, hasta una pequeña salita contigua a la celda, una celda
sin ventanas. Y él estaba allí, tan hermoso, con su espíritu inquebrantable. Uno llegaba allí con el ánimo por
el suelo, haciendo de tripas corazón y tratando de mostrar su mejor cara, pero Henrique nos daba una lección
de aplomo.
La verdad, yo no quería irme, esa energía que había en la pequeña sala de El Helicoide era, a pesar de la
circunstancia, hermosa, pero había gente afuera esperando para entrar y había que ser gentil. Salí de allí
con el corazón arrugadito, en ese momento sin saber si volvería a verlo, porque ustedes y yo sabemos que
en esos lugares cualquier cosa puede pasar. Pero él era una inspiración de coraje, él sabía, tal vez por esa
fe en Dios que jamás lo ha traicionado, que le esperaban mejores momentos. Esa convicción de "quien no
la debe no la teme" lo acompaña siempre.
Yo creo muy profundamente que es cierto eso de que Dios protege al inocente. Lo he sentido en mi vida
personal. Me he salvado de muchas cosas gracias a mi ingenuidad, y el flaco pertenece a la estirpe de
personas que tienen el alma blanca y un espíritu férreo. Una fuerza de voluntad impresionante. No es ciego,
ni es tonto (es político), pero es puro, limpio.
Pero esos meses privado de libertad lo engrandecieron, lo hicieron más sabio, más ecuánime y más
introspectivo. Más maduro. Probablemente los efectos no los vimos inmediatamente, pero los vimos.
DE ALCALDE A GOBERNADOR
Estaba yo hecha pedazos, trabajando en una corporación de unos mafiosos chavistas que habían
hecho dinero con negocios sucios con el gobierno. Llegué allí sin saber, para trabajar en una Fundación.
Pero al cabo de unos meses me di cuenta de que esa Fundación se utilizaba para hacer pasar gastos
como donaciones.
A eso se unía mi desazón frente al país, me había convertido yo en una nihilista que solo alimentaba mi
resentimiento contra el régimen, hasta que una mañana abrí los ojos y le escribí a Adriana D'Elia para
pedirle trabajo.
Una semana después estaba ingresando al equipo de Miranda con una alta responsabilidad. Llegué
con un hueco en el estómago, llena de ira, atormentada por el abuso de poder, la autocracia y la
brutalidad del Gobierno Nacional. Sin futuro, sin perspectivas, hasta que comencé a ver con mis
propios ojos lo que estaba pasando allí adentro, en Miranda.
Me encontré con un gobierno que impulsó la primera Ley Transparencia para garantizar el libre acceso
a la información y los procesos administrativos a la ciudadanía. Me encontré con una gestión de inclusión,
en la que el respeto a las ideas y militancias individuales no era un simple discurso. Me encontré con
una gestión que hace una verdadera inversión social, no como una limosna ni como chantaje político,
sino orientada a sacar a la gente de la pobreza. Me encontré con un equipo brillante, con ideas novedosas,
que sabe gerenciar ante la adversidad. Me encontré con una fuerza y una vocación de futuro. ¿Nos quitan
los ambulatorios? Se los entregamos a los Consejos Comunales y creamos nuestra propia red. Para eso
sabemos liderar. Y así vamos construyendo donde los otros destruyen. Pero vamos construyendo con la
mirada puesta en el horizonte. No como estrategia para ganar las presidenciales sino porque realmente
sabemos que ese es camino. Lo demás sería una consecuencia lógica.
Me encontré con una gente incorruptible. Me encontré con un hombre cuya fuerza no está en la violencia
sino en la templanza. Me encontré con un Henrique adulto, sabio, y con una gestión impecable.
Entonces dejé de ver negro y me convertí en un ser feliz y lleno de esperanza. Recuperé mi confianza en
el país, supe que allí había un proyecto, al menos un cimiento, que el proyecto vendría después, pero que
sería el definitivo, el que nos sacaría de este foso que nos habíamos ganado a pulso como país, como
sociedad de insensibles e insensatos, de indolentes ante el sufrimiento ajeno.
Hoy puedo decir sin ningún temor a equivocarme o a sonar como cualquier fanática, que Henrique no es
el candidato de la Unidad. Henrique es el hombre que ha inspirado a la Unidad, porque su discurso trasciende
a eso que se llama Oposición.
¿Cuántas veces no fue mal visto su discurso porque no era antichavista? ¿Cuántas veces no se le tildó
"guabinoso"? Es que nadie entendía entonces que no te puedes ganar a la gente si la insultas, si te ríes
de sus ideas, si te burlas de sus creencias, y la verdad es que más de medio país creía en Chávez. No
puedes clamar por la democracia ni no aceptas sus reglas por completo.
En Miranda jamás hemos visto, bajo el gobierno de Henrique, negar un crédito a alguien porque pertenezca
a determinado partido, ni a ninguna comunidad. En las entregas de certificados de construcción van las
personas con sus franelas rojas a recibir su aporte, pero las elección es transparente. Hay un baremo.
En Miranda no se pierde dinero ni se malgasta.
Tuve que dejar mi cargo en Miranda por problemas personales, pero allí estoy, le sigo la pista todos los días.
Hace ya 12 años que conozco a Henrique Capriles Radonski y a Adriana D'Elia, su mano derecha, la
dama de hierro de Miranda, sobre cuyos hombros recae la gestión. A Adriana D'Elia la he visto pagar
de su bolsillo a sus asesores personales. La vi vender su casa en La Trinidad, comprarse un apartamento
de dos habitaciones y el carro más barato del mercado.
El día de las elecciones primarias le escribí a Adriana bien temprano, en la mañana, le dije que estábamos
ante un día histórico, y ella me dijo: "hoy comienza una nueva manera de hacer política en este país".
Y esa es la verdad. Una política que respeta a los partidos, pero no son los partidos los que gobiernan
de acuerdo a sus intereses. Una política anticlientelar. Una política limpia, justa, ética, con reglas claras.
Henrique ha devenido más sabio con el tiempo, y ha aprendido a expresarse en cámara con la misma
soltura y cercanía que lo hizo siempre en vivo, frente a la gente. Su rueda de prensa un día después de
ganar las primarias, dejó sin argumentos a más de uno.
Probablemente él no lo sepa, pero es una de las personas más importantes en mi vida. A Henrique jamás
lo he escuchado levantar la voz ni hablar mal de nadie, ni decir malas palabras, ni juzgar a nadie. Jamás
lo vi perder la compostura. No es un tipo cariñoso, es más bien un poco parco, austero en la expresión
de sus emociones, pero todo lo que dice, al menos 90% de lo que dice, seguro es verdad.
TA SENCILLO COMO ÉL
Henrique es un tipo totalmente desapegado a las cosas materiales. No se le ve de galán por allí mostrando
rolex ni mont banc, ni trajes armani, de hecho el fashion no es su fuerte. Como únicos accesorios lleva
un escapulario de la Virgen del Valle colgado del cuello unas cabullitas en la muñeca. Y, como se la pasa
por esos barrios subiendo escaleras, sus zapatos son guerreros. Una chemise y un jean, y a veces
sudadera suelen ser su atuendo único. Eso, y una sonrisa plena. Nunca tiene prisa, se toma el tiempo
necesario para todo.
Henrique es tan auténtico que cuando juega basket en sus recorridos por los barrios, se molesta si pierde.
Dicen que el poder corrompe. No es lo mismo administrar un estado que un país. Yo todos los días le pido
a Dios que Henrique no cambie nunca, al menos no para mal, porque este país se merece finalmente a
alguien como él. Creo que ya pagamos por nuestros pecados.
¡Ah! Y por si alguien alberga alguna duda, aunque me parece sinceramente irrelevante, le encantan las
mujeres.
Maruja Dagnino | @CodigoVenezuela
No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada