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domingo, 8 de abril de 2012

DOSSIER33 Cumbre de las Américas: ¿Qué aportará a la región?

                                                           

Muy pocas veces en su historia, Colombia ha servido como escenario de un evento como la Cumbre

de las Américas, que tendrá lugar el sábado y domingo de esta semana en Cartagena. La única

referencia cercana es la Cumbre de presidentes de los Países No Alineados, que se llevó a cabo en

1995, en la que participaron un número de jefes de Estado similar a los que se esperan esta vez: 34.

Sin embargo, ahora, a diferencia de entonces, los asistentes serán más del doble (9.000), se harán tres

cumbres de manera simultánea (la de presidentes, la de empresarios y la de actores sociales) y entre

los invitados hay grandes protagonistas de la política del mundo occidental: los presidentes Barack

Obama, de Estados Unidos; Dilma Rousseff, de Brasil, y Hugo Chávez, de Venezuela. Por eso, no le

falta razón a la canciller, María Ángela Holguín, cuando insiste en que nunca antes se había hecho en

el país una reunión de esta magnitud.

Hay quienes creen que las cumbres de presidentes no sirven para nada. Y pueden tener razón si lo que

esperan es que el mundo cambie de un día para otro. Pero en este caso hay altas posibilidades de que

se equivoquen.

Para comenzar, la cumbre tiene su propio significado para el gobierno de Juan Manuel Santos. Es un

cierre con broche de oro de la primera mitad de su mandato en la que ha brillado su política exterior. Este

será el primer escenario en el que Colombia podrá mostrar en toda su dimensión su nuevo empaque de

país bisagra entre el norte y el sur del continente. Y la fotografía de Santos, tête à tête, con Obama y

Dilma en el panel de cierre del encuentro de empresarios, se convertirá en el retrato que mejor ilustra su

propósito de graduarse como líder regional.

Hasta la cumbre anterior, y por muchos años, Colombia era vista como un aliado irreductible de Estados

Unidos en la región. Y en cuestión de meses, Santos logró darle un giro a esa imagen. No solo integró a

Colombia en Unasur -la punta de lanza del antiimperialismo de nuevo cuño latinoamericano-, sino que dio

la pelea para que Colombia presidiera ese organismo. Así, y dando una lección de realpolitik, se puso en

un justo medio entre el norte y el sur. De tal suerte que, mientras en la cumbre anterior -en Trinidad y

Tobago- la noticia era que el entonces presidente brasilero Lula da Silva proponía reunir a Chávez y Álvaro

Uribe para que hicieran las paces en uno de sus tantos choques, esta vez el que llega como componedor

es el propio presidente de Colombia.

Pero más allá del significado que tiene para Colombia de puertas para adentro, esta Cumbre de las Américas

-la sexta- puede marcar un antes y un después para el continente. O por lo menos están dadas las condiciones

para que de este cónclave salga humo blanco sobre dos hechos que han marcado su historia: el primero es

si se le da o no el pase a Cuba para que asista a las próximas cumbres y el segundo es si se abre o no el

debate sobre la prohibición de las drogas.

El marginamiento de Cuba del resto del continente, 53 años después de la Revolución cubana, ya no tiene

sentido. Los principios que se invocaron para aislar a La Habana en 1962 -año en que Estados Unidos

rompió relaciones y le aplicó el bloqueo- ya no tienen ninguna vigencia. En ese momento se habló de la

defensa colectiva de la democracia en razón de que el comunismo se percibía como una amenaza universal.

Por otra parte, el concepto que existía hace 50 años de exportar la revolución a través de entrenamiento

militar o, incluso, apoyo armado a terceros países también dejó de existir. A nadie se le ocurre que Raúl

Castro pueda tener tentaciones militares fuera de sus fronteras.

Otro argumento que se suma es que la justificación original para vetar a Cuba tenía algo de incongruente.

Se hablaba de la defensa colectiva de la democracia, pero se olvidaba que uno de los pilares de la

democracia es el pluralismo ideológico y el respeto de las diferencias y minorías. Si bien cuando esas

minorías eran armadas se podía hacer una excepción, ahora, que no lo son, no solo no tiene mucho sentido

marginarla, sino que va contra la misma democracia que se invoca.

El convencimiento de que es absurdo que Cuba esté por fuera es tal, que países claves como Brasil, Perú y

Argentina le hicieron saber a la canciller María Ángela Holguín que no están dispuestos a volver a las cumbres

donde no se incluya a Cuba. En otras palabras, la de Cartagena, seguramente, será la última reunión del club

de mandatarios del continente que no cuente con la presencia de la isla de los Castro.

En cuanto al segundo tema, tal vez nunca antes como ahora se había llegado a una cumbre con un

convencimiento, tan arraigado en las cabezas de muchos gobiernos, de que ha fracasado la guerra contra

las drogas. O que, por lo menos, como se está combatiendo no es suficiente para neutralizar los enormes

daños que produce y mucho menos para dar el golpe de gracia definitivo.

Hasta hace poco criticar la prohibición de las drogas parecía estar solo permitido a analistas o a líderes políticos

retirados, como lo dijo hace unos días The Economist, haciendo referencia al informe de 2009 en el que los

expresidentes Cardoso, Gaviria y Zedillo declararon que la guerra contra las drogas "fracasó". Sin embargo, la

diferencia ahora es que presidentes en uso de sus funciones también han empezado a hablar. Felipe Calderón,

de México, convocó a un "debate nacional" sobre la legalización, aunque luego dio reversa. Juan Manuel Santos,

en noviembre pasado, fue mucho más allá en una entrevista: "Yo hablaría sobre la legalización de la marihuana

y, más allá, si el mundo piensa que esa es la aproximación correcta". Y añadió: "Yo consideraría legalizar la

cocaína si hay un consenso en el mundo". Unos días después, siete países de Centroamérica declararon que

se tienen que explorar todas las alternativas posibles "incluyendo regulación o alternativas de mercado", haciendo

eco a Otto Pérez que, cuando apenas estrenaba la banda presidencial de Guatemala, pidió abrir un debate que

"vaya más allá" de la despenalización de la droga para "encontrar otras formas" de combatir el narcotráfico de

manera más "eficiente". Y hasta Estados Unidos se pronunció: "Estamos contra la legalización, pero estamos,

claro, dispuestos a debatir el tema", dijo un portavoz del Departamento de Estado.

A pesar de lo tímidas que puedan parecer esas palabras, en el terreno diplomático son un atrevimiento pocas

veces visto. El hecho de que varios presidentes en ejercicio utilicen en voz alta la palabra legalización o que

Estados Unidos diga que está dispuesto a debatir sobre el tema después de casi 10.000 millones de dólares

en fumigación y guerra contra las drogas es un paso gigante.

¿Qué se espera que diga la Cumbre al respecto? Los que creen que va a salir una declaración que aboga por

la despenalización se quedarán con los crespos hechos. Lo más probable es que se llegue a una fórmula para

crear un grupo de trabajo efectivo. Eso quiere decir que, a diferencia de otros que ya existen en el sistema

interamericano y que han brillado por su falta de resultados, el nuevo grupo plantearía una metodología de trabajo

por escenarios para iniciar el debate de la legalización o la despenalización.

En la cumbre de Cartagena se vivirán, sin duda, unos días muy intensos. Tal vez pocas veces antes los jefes

de Estado reunidos a nombre del continente representaban intereses y orígenes tan distintos. Hay dos militares

golpistas (Chávez y Humala) y otro que participó en la firma de la paz (Otto Pérez Molina); tres antiguos

guerrilleros (Dilma, Mujica y Ortega), otro que fue portavoz de otra guerrilla (Funes), un obispo (Lugo), un

indígena (Evo), dos empresarios multimillonarios (Piñera y Martinelli), una viuda (Kirchner) y tres más que

son una perfecta mezcla de política y tecnocracia (Laura Chinchilla, Leonel Fernández y Felipe Calderón). Y

para acabar de ajustar, las dos potencias, la del norte y la del sur, están a cargo de 'minorías': un afroamericano

(Obama) y una mujer (Dilma). Y todos ellos serán recibidos por Juan Manuel Santos.

Es difícil hoy pronosticar si los debates o las decisiones le van a dar respuesta al anhelo de algunos países.

La Cumbre, como creen algunos, puede también terminar en una monumental charla de amigos, con una que

otra ironía en el aire. Pero el solo hecho de que estén en juego esos dos temas -el de Cuba y las drogas-

refleja una nueva coyuntura histórica: los dos son la constatación de hasta qué punto Estados Unidos ha

perdido terreno en América Latina.

Washington -como lo haría cualquier otra potencia- siempre utiliza las cumbres para evangelizar sobre su

propia concepción del mundo. Precisamente, en 1994, Bill Clinton creó la Cumbre de las Américas cuando

el sueño del Tío Sam era hacer de todo el continente un solo mercado, que se llamaría el Alca, y que -en

teoría- acabaría con la pobreza. Para lograr ese propósito, debía despejarse cualquier reducto de gobierno

autoritario en el continente que limitara la libertad que exigía dicho mercado (léase Cuba). Por eso, en la

tercera Cumbre, en Quebec (2001), se introdujo la "cláusula democrática". De eso hace apenas diez años.

En la cumbre de Mar del Plata, en 2005, se empezó a voltear la torta. Mercosur se le plantó a la idea del

Alca y Hugo Chávez, más a su estilo, la mandó 'al carajo', aunque, para decir la verdad, ya para ese entonces

era claro que al Congreso de Estados Unidos no le interesaba. Washington se dedicó a hacer tratados país

por país (Chile, Perú, Colombia, Panamá) y con regiones (Centroamérica).

Lo cierto es que hoy, tres lustros después de creada, la Cumbre de las Américas no cumplió su principal

cometido. Y por el contrario, los dos temas que se perfilan como protagónicos en Cartagena encarnan de

cierta manera principios casi opuestos a los que inspiraron a la Casa Blanca en ese entonces.

De un lado, abrir el debate sobre las drogas le pega al corazón de la cultura prohibicionista y moralista que

en esta materia ha hecho carrera en Estados Unidos. Y el eventual ingreso de Cuba abre también la puerta

al reconocimiento de que en Latinoamérica la 'democracia' ya no es una sola. ¿Un país se considera

democrático por el solo hecho de que tiene elecciones populares? ¿O qué tan lejos está de ella un país

como Nicaragua, en el que Daniel Ortega pudo reelegirse a pesar de que su Constitución no se lo permitía?

¿O qué pasa en el caso de Ecuador, Venezuela y Bolivia, en donde el contrapeso de poderes como el judicial

o el electoral se han neutralizado y podrían conducir a lo que se llamaría dictadura constitucional? No es

gratuito que quienes más invocan el ingreso de Cuba son países que han hecho su propia interpretación de

la democracia.

Sin duda, la arquitectura institucional que ideó Estados Unidos para las Américas desde hace más de medio

siglo se ha ido trasfigurando. No en vano la OEA, como decía el analista Moisés Naím, es hoy "la Somalia de

los organismos internacionales".

Lo más paradójico es que el propio Barack Obama estaría dispuesto a sumarse a América Latina en estas

dos nuevas cruzadas. Pero el timing no es el mejor. Obama se juega su reelección el próximo 6 de noviembre

y cualquier gesto que haga en favor de uno u otro tema sería automáticamente interpretado como una muestra

de debilidad y sería un verdadero 'papayazo' para los republicanos, que son los que se están encargando, por

ahora, de hacer los autogoles.

Las cumbres van poniendo puntos o comas o signos de interrogación a la historia. Y la Cumbre de las Américas

de Cartagena será la que ratifique que América Latina dejó de ser el patio trasero de Estados Unidos o, por lo

menos, que los dueños ya le pusieron llave.

La cumbre en números

Los seis 'temas'

Si bien los temas que darán que hablar en la sexta Cumbre de las Américas son el reintegro de Cuba y la

despenalización de las drogas, los temas oficiales son otros. Lo interesante en esta Cumbre es que la

canciller María Ángela Holguín ha querido que cada uno tenga una meta clara y un presupuesto. Así, por

ejemplo, en el caso de pobreza, la meta es cerrar la brecha de internet de los niños en zonas de mayor

pobreza y en territorios alejados de las grandes ciudades. En otro tema, el de integración física, se tiene

ya asegurado el acompañamiento del BID para los proyectos que se planteen. Los otros son seguridad,

tecnología, desastres naturales y cooperación solidaria.

Las tres cumbres

En el marco de la Cumbre, en realidad, se llevarán a cabo tres reuniones paralelas. Entre lunes y jueves se

reunirán cerca de 1.000 actores sociales (pueblos indígenas, jóvenes emprendedores y organizaciones no

gubernamentales) en el foro social. Esta es una respuesta a organizaciones de la sociedad civil que en otras

cumbres han protestado porque no son tenidos en cuenta. El viernes y sábado se reunirán entre 300 y 500

empresarios del continente para estrechar lazos y pensar estrategias público-privadas. Y el sábado se dará

inicio formal a la reunión de presidentes –que dura un día y medio– y termina con un retiro privado entre los

mandatarios, al que no tendrán acceso ni siquiera los cancilleres. Todo termina el domingo 15 de abril.

Los mil de Obama

En total, entre delegados, periodistas y asistentes, se esperan 10.000 personas en Cartagena. De ellos,

Estados Unidos, la delegación de Obama, aporta 1.000. ¿Cuántos de ellos son agentes de seguridad?

Como referencia, se puede decir que cuando Obama visitó Londres lo cuidaron 200 hombres.

Uno ausente

El único presidente que canceló es Rafael Correa, de Ecuador. Primero, promovió el boicot a la Cumbre si

no era invitada Cuba. Luego, cuando no recibió el apoyo de ningún otro país, lo estuvo pensando. Y el martes

pasado anunció: "mientras sea presidente de Ecuador, no asistiré a ninguna Cumbre de las Américas".


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