Carora 09 de abril
Señor comandante Hugo Chávez Frías. Presidente de la República.
Se dirige a usted este anciano obispo emérito de Carora, con 84 años acuesta, que además padece
las graves consecuencias de un fuerte tratamiento de quimioterapia y de radioterapia, que me han
dejado extremadamente débil por haber rebajado 16 kilos de peso.
Soy como un esqueleto ambulante, que no se puede movilizar por sí solo, llevándome siempre en
silla de ruedas.
Todo eso me da la seguridad de que mi muerte está muy cercana. De todo esto podrá deducir la
sinceridad y el sano deseo que me mueven para hablarle con la mayor claridad…
Hay una frase de Jesús en el Evangelio, que por cierto la acaba de citar el Cardenal Urosa en Televisión,
que dice: "No todo el que dice "Señor, Señor", entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la
voluntad de mi Padre Celestial".
Usted ha dado diversas demostraciones de fe y de confianza en Dios, llamándolo "Diosito mío",
abrazando y besando crucifijos, visitando el santuario del Santo Cristo de La Grita y muchas otras
cosas por el estilo.
Si todo eso se hace con sinceridad, es muy laudable y se lo aplaudo; pero, lamentablemente, eso no
basta para recibir el perdón de Dios y entrar en el reino de los cielos.
Es estrictamente necesario, además, reparar el mal y las injusticias que se le han causado a las personas
y a las instituciones, y que usted llevado por su soberbia, las ha cometido en innumerables ocasiones.
"El gran pecado" llama la sagrada escritura a la soberbia, y eso fue lo que llevó al bellísimo y poderoso
arcángel Luzbel a rebelarse y querer emular el poder de Dios, alzándose contra Él, junto con un grupo
de ángeles que le siguieron en su loca empresa.
Pero Dios envió contra ellos al poderoso arcángel San Miguel, que les presentó batalla y los venció
enviándolos a los terribles y eternos sufrimientos del infierno.
Desde entonces Luzbel, que ahora se llama satanás y que no ha perdido sus dotes de inteligencia y
poder, no cesa de trabajar por llevar a su reino a todos los humanos que desprecian el infinito amor y
misericordia de nuestro padre Dios.
Como le decía, señor Presidente, usted ha cometido muchas y muy graves injusticias. Sólo para
recodarle algunos casos más emblemáticos:
La injusta prisión de María de Lourdes Afiuni y la de los tres comandantes de la policía; y así como
ellos, innumerables casos más que han hecho sufrir muy gravemente a ellos y a sus familias.
Todo eso debe y puede ser reparado con una orden suya, que estoy cierto se cumpliría de inmediato de
abrir las puertas de las prisiones a todos los presos políticos y, además, las puertas del país a todos
los exiliados que se han visto obligados de abandonar su patria huyendo de las casi seguras represalias.
PRÉDICA DE VIOLENCIA
Hay, además, Presidente, otro mal tremendo que le ha causado al país: Su inexplicable prédica de
odio y de violencia que le han proporcionado a casi todas las ciudades de nuestra patria ese doloroso
río de sangre que diariamente corre por nuestras calles.
Usted como Jefe del Estado, es el que tiene la gravísima obligación, en primerísimo lugar, de procurar
la paz y la seguridad de los venezolanos, empezando por todo aquel que posea un arma ilegalmente;
atacando con firmeza y decisión a todos los grupos violentos, después de un estudio serio realizado y
llevado a cabo por técnicos en la materia que los hay muy buenos en el país.
Lamentablemente usted ha sido muy débil y descuidado en enfrentar ese gravísimo problema. Si no
se enfrenta con decisión y valentía a solucionar ese terrible mal, también Dios le pedirá cuentas de
su negligencia.
Habría, señor Presidente, algunos otros pecados sobre los cuales debería llamarle la atención, pero
no quiero terminar sin hacerle ver su culpa en su inexplicable negligencia de enfrentar con decisión la
horrorosa corrupción que asola a Venezuela, tanto es así que muchos piensan en su complicidad en
esos hechos.
De allí se deriva la venalidad de la mayoría de los jueces que dictan sentencias injustas, las decisiones
tomadas por los altos poderes del Estado que maneja a su leal saber y entender sin control ni respeto a
la Constitución y a las leyes.
De todo eso le tomará cuenta Dios, si Ud. no corrige de inmediato esas graves faltas.
Le dirijo esta ya larga carta, públicamente, porque quiero que la lean también sus seguidores. También
ellos, si quieren salvar sus almas, tienen la gravísima obligación de pedir con la mayor sinceridad de
sus corazones el perdón de Dios y de reparar todas las tropelías e injusticias cometidas.
Como podrá apreciar, mi estimado Presidente, le he hablado, quizás con mucha rudeza, pero con el
mejor y más santo deseo de que algún día nos encontremos gozando de la felicidad eterna en el Reino
de nuestro Dios y Señor.
Atentamente,
Eduardo Herrera Riera
Obispo Emérito de Carora
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