Para todo efecto práctico el puesto de presidente de
Venezuela está vacío. Hugo Chávez no ejerce su cargo y no se ha procedido al reemplazo
constitucional previsto con el Vicepresidente. No es lo mismo el desenvolvimiento del
liderazgo, el simbolismo de un caudilloabatido, que el ejercicio de un exigente cargo de
dirección administrativa y política del país.Pensar que dirigir algo es tener capacidad de
estampar una firma a control remoto es de una ingenuidad al borde de la imbecilidad.
Hasta un humilde cantinero de, digamos, Elorza, tiene que verle la cara a la gente, saber
quién le debe y quién la paga, debe tener contacto con suplidores y está obligado a sacar
losbalances. El presidente de un país debe recibir cuentas, visitar poblaciones e instituciones,
saber cómo anda el pulso cívico-militar (o sus taquicardias, si fuere el caso), llevar la sístole
de los gastos y la diástole de la botija. Un presidente no gobierna desde una cama; en
Venezuela hay el síndrome de abstinencia producido por la carencia del ejercicio presidencial.
Los presagios que plantea el eclipse del caudillo son ominosos. Venezuela ha sido
ultrapolarizada por el bochinche bolivariano y la paja seca que recubre el país puede no
soportar incólume un chispazo. La idea que se ha instalado en muchos, según la cual la
revolución (o salir de ella) necesita un bautizo -que ya sería Confirmación- de sangre, es una
aterradora posibilidad que no debe ser asumida como inevitable.
La salida de Chávez de la escena ha sido progresiva y, probablemente, irreversible. Sin hacer
predicciones sobre su vida, lo cierto es que el combate contra el cáncer requiere una
concentración de esfuerzos, de energía existencial y de tiempo, que sacan a Chávez de la
escena. Si es mañana o es pasado, no se sabe -ni siquiera él lo sabe. Lo cierto es que se
difumina su poder.
La ausencia del caudillo tiene repercusiones insospechadas en un régimen personalista. En más
de 13 años hay engranajes, rutinas, maneras, mafias, estilos, que se han constituido. El centro
de todos esos equilibrios ha sido y es Chávez. No sólo en el seno del gobierno, sino del Estado y,
más allá, de buena parte de la sociedad. La salida de este centro de equilibrios múltiples que ha
sido Chávez genera reacomodos que, dejados a su aire, pueden ser violentísimos. Son los que se
pueden generar entre gobierno y oposición, pero también en el seno de cada uno de los dos bloques.
EL PELIGRO. Venezuela vive un tiempo peligroso. Las separaciones son tan grandes, las rabias
tan intensas, las pérdidas tan dolorosas y el odio tan a flor de piel que están incubadas algunas de
las condiciones para una salida sangrienta. En el seno del régimen se alistan fuerzas paramilitares
para que cuando el día sea llegado den cuenta -así lo pretenden- de los dirigentes opositores.
Aunque del lado opositor no hay poder de fuego hay quienes ven inevitable un desenlace en el cual
los sectores institucionalistas de la FAN van a tener que retomar el control también a sangre y fuego.
Cuando la salida violenta se instala en el alma y en el entendimiento de una porción importante de
los dirigentes la probabilidad de su ocurrencia aumenta.
El deber de quienes saben lo que ha costado -en vidas y bienes- a los pueblos que han jugado con
candela es impedir un desenlace similar. En este momento el chavismo no tiene fuerza para aplastar
a la oposición democrática, menos aún sin la presencia de Chávez. La oposición democrática tampoco
tiene fuerza para aspirar al destierro del chavismo. Esta realidad impone un camino intermedio que
incluye la salida electoral pero también un entendimiento. Hay quienes se alarman cuando se dice
esto, porque -se preguntan- cómo negociar con fulano y mengano que han sido tan horribles.
La verdad es que cuando las cosas llegan al punto en el que están en Venezuela la negociación, las
exploraciones, hay que hacerlas con los que cada bando considera horribles del otro lado. Son esos
los que tienen la sartén por el mango.
EL CONSEJO DE ESTADO. La designación de los integrantes de este órgano, más allá de las
atribuciones constitucionales que a nadie le importan en un país sin Constitución, muestra el propósito
de generar un centro alternativo de equilibrios. No se trata de ninguna junta de gobierno sino de una
instancia moderadora que intenta darle centro o quilla a un barco a la deriva. La mayor parte de los
personajes que están en el Consejo tiene la peculiaridad de tener un pie en la llamada V República,
pero otro, bastante sólido, en la IV República. José Vicente no es íntimo de Chávez y éste más que
respetarlo, le teme. JVR fue uno de los políticos más exitosos del antiguo orden, amigo personal de
Carlos Andrés Pérez, Jaime Lusinchi y Luis Herrera, con una relación cordial con Rafael Caldera. Ha
mantenido reciprocidades con gente de antes y de ahora. Roy Chaderton fue también personaje
consentido en la Cancillería por parte de Caldera, Herrera, CAP y Lusinchi; después de la revelación
que lo convirtió en chavista, amplió su campo de amistades aunque tuvo pérdidas importantes en sus
haberes afectivos; conoce mucha gente y es habilidoso. Germán Mundaraín fue un profesional exitoso
en el viejo sistema, tiene una red amplia de relaciones y es un funcionario en el cual Chávez confía
mucho. Luis Britto García fue uno de los intelectuales cimeros de la antigüedad clásica y ahora lo es
de la aurora boreal bolivariana. Estos cuatro personajes ejemplifican un tipo de dirigentes que pudieran
ser bisagras dentro del chavismo y también hacia la oposición en caso de ser necesario.
HAY QUE HABLAR MIENTRAS SE PUEDA. En un amplio proceso que se proponga evitar una salida
violenta y sangrienta nadie sobra. Sin pretender darle consejo a nadie, la idea de que pueda haber una
salida sin tomar en cuenta, por ejemplo, la fuerza que ha logrado desarrollar Diosdado Cabello en el
oficialismo, es absurdo. Pretender que Nicolás Maduro o Elías Jaua, que han sido desenchufados
varias veces, son prescindibles en la ecuación oficialista no es verosímil. El Consejo de Estado en su
función de referee tiene allí una labor, sobre todo para evitar que actúen las unidades armadas que tiene
aquel prócer que dice que prefiere morir peleando que ir preso con los ganchos puestos a Guantánamo.
Los canales de comunicación con la oposición deben ser abiertos. Hay temas obvios como la libertad
de los presos políticos, pero hay otros más complejos que tienen que ver con el respeto a las condiciones
electorales y las elecciones como instrumento pacificador, así como la creación de condiciones para la
participación de los sectores excluidos en las decisiones nacionales.
Es tiempo de hablar. Ni el gobierno va a poder tener todo lo que quiere ni la oposición tampoco pero hay
que hablar antes de que sea tarde. Hoy no hay demasiado tiempo.
Twitter @carlosblancog
No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada