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(FIRMASPRESS) Cuando le preguntaron a Churchill
sobre cierto aspecto de la política exterior de la URSS
dijo, en clave de humor, una frase memorable: "Se trata
de una incógnita envuelta en un misterio rodeado de un enigma".
Algo de esto sucede con el venezolano Hugo Chávez.Y la primera de las perplejidades tiene que ver con el
cáncer que padece. ¿Se muere o no se muere? Según los síntomas corporales aparentes, no hay
duda de que ha mejorado. Se le redujo la impresionante gorguera de grasa y cortisona que le nimbaba
el rostro. Ha vuelto a hablar incansablemente y canta, salta e insulta. Lo de siempre: delira, luego existe.
Pero hay otros síntomas más sutiles. Raúl Castro, que conoce las tripas de Hugo Chávez como
la palma de su mano derecha, salió a buscar plata y anudar alianzas con China, Rusia, Vietnam, y
con cualquier país capaz de aliviar la crisis que supondría para la Isla el súbito fin del subsidio
venezolano ante una eventual desaparición del pintoresco personaje.
Raúl es precavido. Su hermano previó el descalabro del comunismo soviético unos meses antes de
que ocurriera, pero no hizo nada por paliar las consecuencias que eso tendría para Cuba. Entonces
sobrevino la debacle. Raúl no quiere que el fin de Chávez lo sorprenda con los pantalones en los tobillos.
Pero hay más. La prensa cubana, al menos hasta ahora, no se ha atrevido a afirmar que Chávez
está curado. Granma está calladito. El periódico oficial del gobierno de los Castro no quiere repetir el
ridículo que hizo hace unos años cuando anunció la recuperación de Fidel y su inminente regreso
al poder. Los periodistas y comisarios que lo perpetran saben que ninguna persona seria habla de la
curación de un cáncer hasta cinco años después de terminados los tratamientos.
El segundo misterio es tanto de Chávez como de sus adeptos. Parece que sube en las encuestas.
El país hace 14 años que está dividido a la mitad entre los que lo adversan y los que lo aman,
separados por una rara franja de venezolanos políticamente frígidos, los ni-ni (ni una cosa ni la otra),
congelados en un inocente gesto dubitativo.
No obstante, últimamente la aceptación de Chávez ha aumentado, pese a los graves problemas
de inseguridad (19 000 asesinatos en un año), la inflación (la más alta de América Latina) y el
desabastecimiento esporádico de bienes básicos de consumo masivo. Cómo y por qué se puede
gobernar tan rematadamente mal y no pagar por ello un precio en las urnas es, realmente, un desafío
al sentido común.
Pero tampoco es un fenómeno inédito. Perón nunca bajó del 70% de popularidad aunque hundió a
la Argentina en la miseria. Como sucedió en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, los
pueblos pueden conectar emocionalmente con un líder torpe y temerario que los lleva al desastre. Es
una de las mil variantes del "Síndrome de Estocolmo" o el de la "Mujer maltratada".
Acaso el tercer misterio, relacionado con el anterior, es el más extraño de todos: ¿por qué Hugo
Chávez se mantiene fiel a una alianza absurda con Irán, Siria, Bielorrusia, Corea del Norte y otros
estados de la misma familia universalmente repudiada? ¿Por qué apoyó al dictador Gadafi hasta el
ultimo día de su tiranía?
Según denuncian los israelíes, Venezuela ayuda a Irán en su proyecto de construir armas nucleares.
¿Qué sentido tiene introducir a Venezuela en el peligroso avispero del Medio Oriente? ¿Por qué les
inflige ese daño a sus compatriotas?
Es posible que Fidel Castro, padre y maestro mágico de Hugo Chávez, le haya comunicado su
pasión por las aventuras internacionalistas y sus sueños por construir una alianza capaz de enterrar a
Occidente. Pero si Chávez puede observar serenamente –algo así como pedirle peras al olmo–,
descubrirá que lo único que su mentor caribeño consiguió, realmente, en más de medio siglo de delirios
y batallas, fue enterrar a miles de cubanos en cementerios africanos y en cuanto paraje agreste le resultó
propicio para sus locas fantasías de guerrillero planetario.
Así son los misterios. Pura irracionalidad.

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